El buen jugar se enlaza a las formas textiles modestas con las que los niños chilenos nacidos con anterioridad a los años 80 organizaron su imaginario. Objetos en los que, desde su ideación, el tiempo del imaginar y el de hacer evidencian paciente artesanía y juego. La muñeca de trapo con nombre bordado, la pelota hecha en un santiamén con calcetines para jugar al “’¡Alto ahí!” o a “las Naciones” y el hacer afectivo y estratégico de soporopos mensajeros fabricados por mujeres en un tiempo carcelario, forman parte de esta mnemosina lúdica y social. Los y las que tuvimos un juguete modesto nunca olvidamos al hacedor o hacedora de aura temporal suspendida en ese instante emotivo. Hoy estas personas significativas nos reconectan con nuestra memoria afectiva. A pesar de la violencia de un Estado setentero productor de desigualdades, muchos niños fuimos moralmente salvados con el juego alternativo. La falta de juguetes no se traduce como carencia gracias a la creatividad devenida de la urgencia por entregar un imaginario sustitutivo para tener un mínimo de infancia como sucede en las reconstrucciones morales y materiales en los escenarios de posguerra. El buen jugar deviene como imaginario material de naturaleza pertinente porque hoy vivimos en un mundo de paisajes sacrificados producto de un capitalismo extractivista ––impuesto por la dictadura y continuado en democracia–– que ha arrasado con territorios y comunidades. Por este motivo, el retorno actual a las prácticas culturales sostenidas en la labor manual con materias primas naturales y desechadas por los metabolismos industriales es un rescate activado por las condiciones generadas por la crisis climática. El impacto ambiental global visible en las nuevas capas geológicas antropogénicas, que afectan la biodiversidad y, por lo mismo, lo social debe conectarnos con ese imaginario salvaguardador en la incertidumbre para crear alternativas afectivas con preservadores fines.
